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El propósito de Moe desde el sureste de Ucrania

  • Foto del escritor: César Cruz
    César Cruz
  • hace 3 días
  • 5 min de lectura

César Cruz Requejo


Moe tiene 25 años y habla de Líbano desde España, aunque nació en Zaporiyia, en el este de Ucrania. Mientras conversa, su ciudad sigue marcada por la guerra y Líbano atraviesa una crisis que ha empujado a la pobreza al 80 % de su población. Su historia cruza ambos lugares.


Nos sentamos en una terraza cerca del Monasterio de El Escorial. El edificio, levantado por orden de Felipe II en el siglo XVI, impone, pero Moe parece más pendiente de lo que ocurre alrededor que de la arquitectura. Hace calor –37 grados–, aunque el aire de la sierra suaviza la tarde. Lleva camiseta blanca de tirantes. Su inglés es impecable. Ha estudiado en Reino Unido y en Estados Unidos. Creció en Líbano, pero su origen está en Ucrania.


En un momento dado señala con discreción:


—Esa mujer es rusa. Yo entiendo ruso.


La mujer, mayor y vestida de novia, parece recién casada.


—Me ha escuchado. Ahora habla de Putin.


Moe comenta los millones de personas afectadas por la guerra. Su padre es libanés, su madre ucraniana. Dice que ha vivido en varios países, siempre en movimiento, siempre escapando de alguna forma de inestabilidad. Lo cuenta sin dramatismo. Su mirada es tranquila, como si hubiese aprendido a administrar el peso de lo que recuerda.


Habla cinco idiomas: francés, árabe libanés, inglés, ucraniano y ruso. Cambia de uno a otro con naturalidad. En el móvil enseña un vídeo grabado en una playa libanesa al atardecer: al fondo se oyen explosiones.


—Fue después del atentado en Israel en octubre de 2023.


No le gusta difundir esas imágenes. Cree que repetirlas solo amplifica el miedo.

Deja el teléfono sobre la mesa y mira alrededor.


—Entiendo por qué te gusta esto. Es tranquilo.


Dice que aquí puede ser él mismo. Puede hablar de la música libanesa que aborda historias de personas LGBTI+ reprimidas. Aclara que no se identifica con el colectivo, pero le interesan las letras que hablan de amor sin etiquetas, de dos hombres que pueden amarse.


—La situación sigue mal —resume.


«Todo es cuestión de estructuras»

Cuando habla de Líbano lo hace como quien describe un lugar que ama y le duele a la vez. Menciona Baalbek, Tiro y Biblos, los templos romanos, los santuarios fenicios, las mezquitas y las iglesias maronitas y ortodoxas que conviven con edificios modernos.


—Hay cristianos también, casi la mitad —dice.


Le gustaría vivir en Beirut, aunque reconoce que las tensiones constantes empujan a pensar desde fuera. Prefiere estudiar, formarse, entender cómo funcionan las instituciones. Volver a Ucrania no es sencillo: con 25 años y pasaporte ucraniano podría ser reclutado.


—Es una decisión personal. No debería imponerse.


Habla más bajo cuando menciona a las milicias.


—Todo es cuestión de estructuras. De quién levanta los muros y quién decide quién puede moverse dentro.


Sostiene que el control no es solo territorial. También es moral, corporal. Salirse del molde, cuestionar el dogma o la autoridad puede convertir a alguien en objetivo. Menciona detenciones arbitrarias y violencia sexual. Para muchos, dice, el silencio es una forma de protección.


El teléfono vibra, pero no lo mira. Se queda observando su reflejo en la pantalla apagada.


Aprender la paz

No define su paso por Europa como exilio. Tampoco como refugio. Lo llama oportunidad. Su vocación es la diplomacia. Cree que el derecho internacional todavía puede servir para algo, aunque en su experiencia las resoluciones no siempre se cumplen.


Recuerda la Resolución 1559 y el debate sobre el desarme de Hezbolá. Recuerda 2006, cuando era niño, y los bombardeos posteriores a la incursión contra soldados israelíes.


—Los puentes por los que mis padres iban a trabajar desaparecieron.


Habla de 1.271 muertos y casi un millón de desplazados. Dice que Líbano terminó convertido en escenario de intereses ajenos. Irán, Siria, Israel.


Luego vienen los atentados de 2015 en Burj el-Barajneh. Y el 4 de agosto de 2020.


—No fue solo la explosión del puerto. Fue sentir que estábamos solos.


Las 2.750 toneladas de nitrato de amonio, la dimisión del gobierno el 10 de agosto, la sensación de vacío institucional. Durante el mandato de Nayib Mikati, mientras estudiaba en Estados Unidos, la crisis económica siguió agravándose. Desde 2019, la moneda se devaluó un 98 %, la inflación se disparó y el sistema financiero colapsó. Se considera una de las peores crisis desde el siglo XIX.


—Quiero que las resoluciones no sean papel mojado.


Su idea es sencilla, aunque ambiciosa: aprender cómo se construye la estabilidad en otros lugares para poder traducirla en leyes.


Libertad frágil

Líbano, insiste, ha sido un país contradictorio. En 2006 la Sociedad de Psiquiatría dejó de considerar la homosexualidad una enfermedad. Socialmente, en algunos espacios, existe más tolerancia que en otros países de la región.


Pero esa tolerancia no está blindada. Desde agosto de 2023 el clima se ha endurecido. Existen propuestas para castigar con hasta tres años de cárcel la promoción de la homosexualidad. En un contexto donde la mayoría de la población vive bajo presión económica, las personas LGBTI+ se convierten con facilidad en chivo expiatorio.


Recuerda el ataque contra un espectáculo drag en Beirut por parte de los llamados “Soldados de Dios”. Las fuerzas de seguridad no intervinieron.


El artículo 534 del Código Penal sigue ahí, aunque varios jueces hayan sostenido que las relaciones consentidas no son delito. En 2023 nueve parlamentarios intentaron derogarlo; uno retiró su firma tras recibir presiones.


Para Moe, esto va más allá de una cuestión identitaria.


—Si hoy persiguen a estas personas, mañana será el periodista o el que proteste por la falta de electricidad.


Líbano ratificó el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos en 1972 y mantiene una moratoria sobre la pena de muerte desde 2004, aunque no ha ratificado el Segundo Protocolo Facultativo. Sobre el papel, los compromisos existen. En la práctica, la aplicación es irregular.


Un pasaporte y una dirección pendiente

Al atardecer camina hacia la estación. Se detiene un momento.


—Aquí soy libre. Pero mi trabajo empieza mañana.


Moe se despide con un rumbo incierto. Da la impresión de que todo en su relato está todavía en movimiento: su país, su identidad, incluso su idea de futuro.


Se pierde entre los turistas. Quedan el café frío, las calles del Escorial y la sensación de que se siente preparado.


Hay algo llamativo en su manera de contar. No dramatiza. No busca compasión. Tampoco se presenta como un ejemplo. Moe reflexiona sobre la guerra, la crisis económica, las milicias y las leyes como parte de su vida cotidiana.


En 2024 logró salir de Beirut hacia Canadá y comenzar su máster en Washington D. C. Quiere desarrollar una tesis sobre estudios de Oriente Medio. No habla de regresar inmediatamente, pero tampoco de quedarse definitivamente fuera.


Mientras tanto, Zaporiyia continúa afectada por la invasión rusa, con cortes eléctricos y víctimas civiles. Es uno de los puntos críticos en cualquier negociación futura.


No quiere escapar. Moe vive ahora bajo otras leyes, protegido por un marco distinto al que figura en su pasaporte. Un pasaporte que dice “ucraniano” y que, en cierto modo, sigue en discusión. Quiere entender cómo se sostiene un país cuando todo alrededor parece empujarlo a caer.

 
 
 

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